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El Carlos Vieco: lección de música, amistad y rebeldía

Las piedras, como lluvia, cayeron sobre el escenario y destrozaron la batería. Kraken, legendaria banda del rock antioqueño, tocaba la tercera canción del repertorio cuando algunos asistentes comenzaron a tirar objetos, a insultar y luego todo fue caos, miedo, instrumentos destruidos, músicos corriendo para esconderse en los camerinos.

Esa tarde —el 14 de marzo de 1987 — fue la primera y única vez que esta agrupación se presentó en el teatro Carlos Vieco de Medellín, un espacio al aire libre incrustado en el cerro Nutibara. Para entonces, cuenta Jorge Atehortúa, bajista y fundador de Kraken, ese tipo de confrontaciones en los conciertos eran comunes entre “metaleros”, “rockeros” y “punkeros”, como reflejo de la época más violenta de una Medellín cercada por la violencia del narcotráfico.

Así, como blanco de la intolerancia, agrega Atehortúa, “el teatro Carlos Vieco puso la alerta de que estábamos en un país en guerra”. Y no es para menos porque, en los años 90, el teatro era el gran escenario de las bandas locales, la casa de generaciones de músicos y hasta de amigos que pasaron horas entre sus graderías solo con un par de cervezas.

Algunos, como Juan Astronauta, saxofonista de la banda Providencia, lo llaman “el templo del rock”. Pero para otros como Diego Londoño, crítico musical, el Carlos Vieco fue hogar no solo del rock, sino también de la música carrilera o de la trova, con sus festivales de este tipo en Feria de Flores. También fue refugio de poemas y libros, por supuesto, durante el Festival Internacional de Poesía.

Hoy, el escenario que durante años recibió a las multitudes, está cerrado con candado entre la maleza, las grietas y las hojas secas arrumadas en los rincones. En donde antes reventaron las guitarras y las voces aún quedan unas cuantas frases escritas en las paredes: “El arte es la expresión del alma”, se lee en una esquina. Un grafiti proclama la “Resilencia” —sí, mal escrito — en otro muro. Y quizás algo tiene de sentido. Al Carlos Vieco, tan resiliente, le llegó una promesa de renacimiento.

Abre el telón: el ícono

Había que bautizarlo con el nombre de un ícono y, por eso, le pusieron al teatro el de Carlos Vieco Ortiz, reconocido compositor paisa y uno de los padres de la música andina.

En un artículo del 17 de septiembre de 1981, la reportera Ofelia Luz De Villa relata que, casi a punto de cumplir el segundo aniversario de la muerte de Vieco Ortiz, el teatro al aire libre llevaba varios años de retraso de cuenta de líos de plata y “angustias presupuestales” entre la firma constructora y el Municipio. La obra, con un costo de $8.893.000, tenía un plazo de 160 días y debía entregarse en 1981. Pero solo se inauguró hasta 1984.

Desde ahí el teatro, para 3.600 personas, fue crecimiento puro y tocar en su tarima era sinónimo de éxito. Por su escenario pasaron Bajo Tierra, Ekhymosis, Polvo de Indio, Frankie Ha Muerto, I.R.A, Juanita Dientes Verdes, Tr3s de Corazón, La Pestilencia, Antagon, Rey Gordiflón.

“Uff, puedo nombrar mil bandas que tocaron ahí y nunca acabamos”, dice Sebastián Regino, vocalista de la agrupación Johnie All Stars.

También recuerda que, en los 90, “uno iba caminando por la 33, veía pasar una horda de rockeros y sabía de inmediato que iba para allá”.

Hay quienes ensanchan el mito y añaden que el teatro tenía magia, una suerte de misticismo. En eso hace énfasis Felipe Muñoz, baterista de Tr3s de Corazón, quien anota que los conciertos que allí tuvieron fueron de “mucha energía”, con los músicos tocando en una tarima que “no sobresalía” sino que se fundía con el público. Regino añade que el Vieco es el espacio ideal para tirarse al “pogo” y subir las escalas con el micrófono.

En el teatro la música fue excusa y estandarte de causas sociales. O eso dice Muñoz, para quien quizás, una de sus memorias más nítidas es el Concierto por la Paz, en homenaje a un rockero de Medellín que fue asesinado en el sector de La Mota en un intento de robo. En el décimo cumpleaños de Tr3s de Corazón cantaron junto a Elkin Ramírez, vocalista de Kraken, “y fue como si el ‘Titán’ se estuviera reconciliando con el Carlos Vieco por lo que ocurrió el día de su primer presentación” (SIC).

Era un ritual ir, acota Juan Astronauta, y de esa manera se hacían amigos, en la rutina que tenían los jóvenes de los años 90 de caminar desde la estación Exposiciones del Metro hasta el cerro Nutibara.

“Era muy bonito reconocer en el camino a un montón de personas que iban a ese mismo lugar”, explica, “pero eso se fue perdiendo, habría que recuperar ese legado”.

Acto intermedio: las grietas

Tras el esplendor llegaron las sombras y, para 2015, los artistas locales estaban cansados de denunciar su deterioro. Relata Regino que, en los últimos conciertos que se realizaron en el teatro, lo primero que debían hacer los músicos era barrer el escenario.

Estuvo varios años en el olvido, sin doliente, con los camerinos caídos, las graderías casi deshaciéndose y las quejas habituales de vecinos que decían no soportar más el ruido. El último evento cultural, antes de que el espacio se blindara con cerrojos y candados, fue el festival musical Arriba las Banderas, de la corporación cultural Tr3s de Corazón, el 13 de diciembre de 2014.

Y, como agrega Camilo Jaramillo, periodista que solía visitar el Carlos Vieco cuando era adolescente, todo lo que tiene que ver con este escenario está cargado de nostalgias.

De esos días recuerda un “toque” de la agrupación El Pez, cuando interpretaron al final del concierto la canción “Sin reacción”, de Mutantex. Se trataba de punk y, como era de esperarse, “se armó un pogo en el peor sitio que había para hacer pogos, entre el escenario y las graderías”. Aún así, cuenta Jaramillo, “eso era lo que había y algunos incluso subían al escenario y se lanzaban a la multitud”. Entre los jóvenes era “símbolo de estatus” aquel que tuviera más manillas de ingreso. Era “como decir: ‘este man no se ha perdido concierto’”.

Acto final: la reconstrucción

Con un costo de $4.500 millones, explica Nicolás Rivillas, subgerente de Diseño e Innovación de la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU), el Carlos Vieco se intervendrá este año de manera integral: desde el mantenimiento a las graderías hasta el edificio de palcos, que se reconstruirá completo.

Entre las novedades figura el rediseño de la concha acústica que, según el subgerente, no estaba cumpliendo bien sus funciones y se intervendrá de manera que garantice el mejor sonido posible— además evitará que los artistas se mojen cuando llueva—.

Algunas rampas serán incluidas en la infraestructura, para que los músicos no tengan que cargar sus equipos al hombro hasta el escenario sino que cuenten con un soporte mecánico. Esto también facilitará el acceso a personas con movilidad restringida.

En un mes, indica Rivillas, estará finalizada la fase de diseños. De hecho, que el Carlos Vieco abra de nuevo sus puertas no parece un anhelo lejano: según la EDU, la intervención estaría lista para noviembre o diciembre de 2019.

En una sociedad sedienta de espacios para el arte, Juan Astronauta concluye que no importa si en el teatro resuena el rock, o el punk, o hip hop. Que lo esencial es que “algo se haga”, que otra vez haya un hogar para la cultura. .

En la vieja cabina de sonido, ahora de vidrios manchados y telarañas, sobreviven unos versos de Jaime Sabines, escritos a mano por algún joven antes del cierre: “Sobrevives si persistes: canta, sueña, apresúrate, el viento de las horas barre las calles, los caminos, los árboles esperan; tú no esperes; este es el tiempo de vivir, el único”. Ojalá el Carlos Vieco sí viva de nuevo, piden los artistas, para que sea otra vez casa para amigos, músicos y sonidos emergentes. Porque, eso sí , para mantenerlo en pie la nostalgia no es suficiente.

Fuente: El Colombiano