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Apartadó tras la Emergencia

Cayó la nevera sobre el lavadero, se hundieron los platos de las alacenas y el agua, que vista desde el patio de arriba parecía un torbellino, todo lo metió entre el fango y también todo lo sacó a la calle.

Lucía Jaramillo vio salir, arrastrados por el lodazal, a los marranos y los muebles de su vecina de abajo. Flotaban las ollas de cocinar el maíz, los zapatos, los colchones. ¿Quién iba a detener a la corriente?

Elbys Puche, que no sabe nadar, miraba el caos desde el segundo piso. Veía el lodo pegarse a las cosas y recordó, ya muy tarde, que dentro de los cajones del chifonier que naufragó entre las aguas había quedado el álbum de fotografías de sus hijos.

Pero en el barrio San Fernando de Apartadó son pocas las casas de dos pisos, dice Rita Romero, así que solo unos pocos afortunados pudieron resguardarse de la avalancha en los patios o áticos. En media hora el río San José se metió a las casas. Las puertas quedaron abiertas, porque el agua, como una barrera de concreto, no dejaba cerrarlas.

Romero relata que empezó a llover en la noche del 28 de octubre, en una de las peores borrascas que recuerdan los habitantes de este sector del Urabá antioqueño en los últimos quince años. Llovió por horas, los gatos y los muchachos intentaban subir a los techos para no ahogarse.

El acto de reconstruirse

San Fernando no es el único de los barrios afectados por la creciente súbita del río que, hace casi un mes, según la alcaldía local, dejó más de 9.000 personas damnificadas en Apartadó. Unas 1.656 familias perdieron sus pertenencias en barrios que hoy aún siguen inundados, como El Concejo, Las Brisas, La Esperanza, La Esmeralda y La Libertad.

Lucía Jaramillo, que también observaba al agua dar vueltas desde el segundo piso, estuvo a tres escalones de que el pantano la alcanzara. En su casa siguen las marcas que dejó la tormenta, en los adoquines superiores. A eso de la medianoche salió dos veces a la calle con sus hijas, pero la corriente la devolvió en la esquina.

Más tarde de la 1:00 a.m, cuentan los habitantes, la lluvia comenzó a detenerse. Nadie pudo dormir y Rita incluso ajustó tres días de vigilia sacando el lodo de los cuartos.

En los días que siguieron, dice Nelsy Castillo, quien ha vivido en el barrio por tres décadas, la comunidad se reunió en convite para limpiar el desastre. Las amistades llegaron con comida, pero añade Castillo que la presencia de las autoridades ha sido escasa. Vinieron, hicieron un censo, y más de 20 días después ahí está el polvo que se levanta cuando los carros pasan, el barro pegado que huele feo y los hongos. La palizada de troncos y ramas que dejó el río y que nadie ha venido a recoger.

Apenas en pie quedaron algunas casas, hoy abandonadas y casi en escombros. Muchos de los arrendatarios se fueron porque, como dice Rita, ¿quién va a pagar un arriendo para volver a perder sus cosas?

Elbys Puche añade que casi nada ha cambiado en Apartadó tras la emergencia, que los hospitales están colapsados pues sufren de diarreas, vómitos, escalofríos. Quizás por las aguas estancadas, por los zancudos o el polvero. Deberían mandar una brigada, dice.

“Y es que uno trata de recuperarse. En el momento uno piensa ‘¿cómo me vuelvo a levantar?’. Pero hay cosas todavía por limpiar”.

Un nuevo pavimento

Eliécer Arteaga, alcalde de Apartadó, explicó que la próxima semana iniciaría el proceso de retirar el lodo de las calles para aplicar una nueva capa de pavimento. Ya están asegurados los recursos para este proceso, que cuesta $250 millones. Tras esta fase continuarán con el destaponamiento del alcantarillado.

El mandatario agregó que los hospitales no están colapsados y recordó que la emergencia no dejó una sola víctima: “El agua que tenemos es potable. Solamente duramos dos días sin agua, hoy la dificultad que tenemos son las aguas represadas”.

Según el Dapard, Apartadó es uno de los municipios más afectados, junto a otras 10 localidades ubicadas en Urabá, Suroeste, Nordeste, Magdalena Medio, Norte y Oriente. A la fecha estas emergencias han dejado en 2019 a 2.059 familias afectadas, un total de 7.469 personas.

Juliana Palacio, directora de la entidad, precisó que en Apartadó han sido entregadas 76 toneladas de ayudas humanitarias.

En el barrio Las Brisas, cuenta Policarpa María Guzmán, la tubería de su casa sigue tapada y las aguas residuales las están sacando en baldes. La de octubre, comenta, fue “la mamá de todas las crecientes”. Le molestan los zancudos, la rasquiña, el olor a podrido y algunos tienen miedo a otra inundación. Jonathan Durango, taxista, recuerda que a las 4:00 a.m. de ese día lo despertó el teléfono con la noticia. Dos de sus compañeros lo perdieron todo.

Ahí en Las Brisas esperan que limpien las calles. Los niños se balancean como acróbatas en el lodo y van a jugar a los parques infantiles, con sus columpios todavía mojados y metidos entre la tierra .